Es la noche del día de Todos los Santos. La oscuridad cae como un pesado manto de negrura sobre un cementerio de corte neoclásico. No se oye nada, apenas el quedo rasgar del aire y el lejano ululato del búho. Los mortales descansan.
Poco a poco, de manera subliminal, el aire se va llenando de una suave nota de violín, alegre y vitalista, pero con un suave deje de crueldad y humor negro.
Entonces se empiezan a mover. Las tumbas. Y pronto se oye el sonido de unos dedos picando la lápida desde dentro.
Poco a poco, de manera débil, las pesadas planchas de piedra se van desplazando, dejando a la vista los ferétros. Los hay de todo tipo: Algunos de ébano y oro blanco, con costosos grabados de ángeles y cruces; otros, sencillas cajas de pino de mala calidad, resquebrajadas y medio podridas.
Las tapas se abren.
Y de cada ataúd salen sus respectivos huéspedes.
Dicen que la muerte nos iguala a todos, y en este caso es cierto: Una vez que los esqueletos se unen a la multitud de redivivos, resulta imposible averiguar si proceden de tal o cual tumba, si son la hija del alcalde o el mendigo de la esquina, se limitan a ser un manojo de huesos en movimiento, saltando y brincando, envueltos en la frenética danza de los condenados. Los antiguos amantes se besan en sus descarnados labios, los viejos enemigos bailan juntos: Tras la muerte no hay rencor que valga y hay que disfrutar el unico día de libertad.
El cementerio se llena de luces de hogueras, en torno a las cuales bailan miríadas de esqueletos, hasta que sus siluetas se confunden con las llamas. La melodía de violín, tan suave al principio, es ahora un frenético rasgar del arco contra unas cuerdas a punto de romperse. No merece la pena buscar al infernal violinista, porque no está, al menos en este mundo.
Al final, en el horizonte se perfila una luz blanca. El día. La noche de los muertos ha acabado. Tendrán que esperar otro año hasta poder volver a danzar en la noche, su noche.
Vuelven a sus tumbas para dormir el sueño profundo de los caídos. Al día siguiente ya vendrán los ilusos mortales trayéndoles ofrendas, creyendo que se han ido de nuestro mundo.
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lunes, 1 de noviembre de 2010
viernes, 20 de agosto de 2010
Maraña negra
Todos los edificios, derruidos por lo que parecen los efectos de un bombardeo, están cubiertos de esa maraña, esa maldita maraña negra que lo cubre todo, que lo llena todo.
¿Dónde están los demás? Quién sabe. Quizá, en el fondo, la humanidad nunca haya existido.
Trepo por una montaña de placas de hormigón armado apelotonadas. La maraña negra se extiende por el suelo como una especie de hiedra, palpita, se mueve, me mira. Quizá se pregunte quién soy yo. Para ella, yo soy tan desconocido como ella lo puede ser para mí.
El viento silba lúgubremente y hace crujir la oxidada barandilla de un balcón. Me sobresalto, pues ese crujido ha roto un silencio que duraba ya varias horas.
Resbalo suavemente por la colina de escombros, acompañado de varios miles de piedrecitas. Junto a mí, un cartel muy grande dice: "Ron Matusalén, forever old"
La visión del papel descolorido me hacen pensar que, verdaderamente, estoy en la Tierra y no en un extraño planeta alienígena, como había llegado a creer.
Tomo una larga bocanada del aire cargado de polvo, y me interno en uno de los edificios.
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